By M. Teresa Rivera, MC
¿Qué hace que tres mujeres de diferentes congregaciones religiosas elijan vivir en el lugar más pobre y olvidado de Haití?
En Anse-à-Pitres, donde el polvo del camino se mezcla con las lágrimas de los deportados, la respuesta llega cada tarde. “Hermana, ¿puedo quedarme un poco más?” pregunta Kénsly, de ocho años, aferrándose a los libros de refuerzo escolar. Su madre cruzó la frontera dominicana al amanecer y no regresará hasta el anochecer, si es que no la deportan.
La comunidad intercongregacional nació de una necesidad urgente tras el terremoto de 2010, pero se ha convertido en algo más profundo. La hermana Luigina y sus compañeras no solo ofrecen clases de apoyo sino que abren las puertas de su casa cada día para que niños como Kénsly encuentren un refugio seguro mientras sus madres buscan trabajo al otro lado de la frontera.
¡Somos familia!
“Aquí no somos de diferentes congregaciones,” dice una de las hermanas mientras organiza las actividades educativas de la tarde. “Somos familia.” En el patio trasero, María Elena cuenta los billetes arrugados que ganó vendiendo en Pedernales. Gracias al microcrédito que recibió, ya no tiene que cruzar la frontera todos los días.
La frontera física entre Haití y República Dominicana se cierra cada vez más, pero estas mujeres han aprendido algo diferente sobre las fronteras. Han cruzado las suyas propias – las congregacionales, las del miedo, las de la comodidad – para crear algo nuevo juntas.
Cuando cae la noche en Anse-à-Pitres y las madres regresan cansadas pero aliviadas de encontrar a sus hijos seguros, la pequeña casa de la comunidad se convierte en lo que siempre fue: una semilla de esperanza plantada en tierra árida, creciendo a pesar de todo.
A veces las fronteras más importantes que debemos cruzar son las que llevamos dentro. 🌱
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