de Isabelle Kahambu Valinande, mc ( RD del Congo)
Estoy en la misión de San Antonio, Texas, Estados Unidos, trabajando con migrantes. Uno de los mayores desafíos que he enfrentado en mi vida misionera es la adaptación a una nueva cultura. Esto ha implicado renunciar a lo que me resulta familiar y abrazar lo nuevo y diferente a mis propias costumbres. En otras palabras, he tenido que sacrificar mis propios deseos y lo que amo porque me es conocido, y comenzar desde cero, dispuesta a aprender y a amar lo desconocido. Sin duda, esto no siempre es fácil, pero la oración ha sido mi fuerza para seguir adelante y aprender de los demás. He optado por esta vida misionera no para buscar el éxito personal, sino para servir a Cristo a través del servicio a los demás.
Como congregación internacional, estamos comprometidas a sumergirnos en la realidad del mundo en el que nos encontramos. Esto implica conocer la cultura, las costumbres y las tradiciones de las personas, incluyendo el idioma local, lo cual nos permite integrarnos de manera más efectiva. Todo esto me llena de felicidad y satisfacción, y me impulsa a seguir adelante y a dar un significado pleno a mi vida.
Las duras realidades que me han inspirado esperanza son las experiencias compartidas por los hermanos migrantes en su travesía para llegar a Estados Unidos de América. A menudo me pregunto por qué tantas personas se ven obligadas a abandonar sus tierras, sus costumbres y arriesgar sus vidas al llegar a un lugar nuevo donde nadie los espera y no tienen hogar ni trabajo. Muchas personas se ven forzadas a dejar todo en sus países buscando seguridad en otro lugar, anhelando un trato digno que les permita vivir en paz y comenzar una nueva vida.
Actualmente, trabajo en un centro de acogida de migrantes donde llegan personas de diferentes partes del mundo. El sufrimiento que experimentan en su travesía es una realidad que destroza mi corazón. Solo ellos y Dios saben cómo pueden sobrevivir a tales experiencias. Al conocer sus realidades, siento una gran dificultad e impotencia al no poder brindarles toda la ayuda que necesitan. Sin embargo, el tiempo compartido con ellos, escuchar sus historias, acogerlos y ofrecerles una sonrisa, también alimenta mi esperanza. Ante estas actitudes, ellos confían en mí y abren sus corazones para compartir sus experiencias, a las cuales ofrezco mis oraciones. Es hermoso contemplar su persistencia, lucha y determinación para alcanzar sus sueños y lograr una vida mejor para sus familias.
Además de los migrantes a quienes sirvo, mi familia, mi congregación y las personas con las que trabajo también han sido un apoyo fundamental para mantener viva mi esperanza. A lo largo de mi vida, he descubierto que cuanto más compartimos con los demás, más aprendemos y adquirimos nuevos conocimientos, lo que nos abre al mundo. Mi felicidad radica en compartir con los demás los dones y talentos que Dios me ha regalado, es decir, mi propia vida.
Como misionera, estoy comprometida a abrazar nuevas culturas, escuchar y aprender de los demás, y a compartir el amor de Cristo a través del servicio a los migrantes. Agradezco a Dios por esta oportunidad de crecimiento y me comprometo a continuar mi labor con pasión y dedicación. Que mi experiencia inspire a otros a abrir sus corazones y extender la mano a quienes más lo necesitan, creando un mundo donde prevalezca la esperanza, la compasión y la solidaridad.

