de M. del Prado Fernández, mc – España
El rol de la religiosa misionera es esencial en el mundo de la misión y el desarrollo. Y las hermanas Combonianas son un ejemplo de ello. A lo largo de su historia, estas mujeres han sufrido grandes desafíos en distintas partes del mundo. Han sido testigos de guerras, revueltas, discriminación racial y religiosa, y han vivido situaciones extremas de hambruna y carestía. Sin embargo, su compromiso con las comunidades más vulnerables ha sido su principal motor para seguir adelante.
Las hermanas Combonianas son un claro ejemplo de que el trabajo misionero no es fácil. Pero a pesar de las adversidades, siempre han permanecido en sus comunidades, luchando por mejorar las condiciones de vida de las personas que más lo necesitan. Su trabajo se centra en la educación, la salud y la lucha contra la trata de personas, entre otras tareas.
La mujer es el centro de todos sus proyectos. Y no es casualidad. Las hermanas Combonianas son conscientes de que la mujer es un agente de cambio en las sociedades más vulnerables. Por eso, su trabajo se dirige a la formación y empoderamiento de las mujeres, para que puedan tener un papel más activo en la toma de decisiones y en el desarrollo de sus comunidades.
La labor de las hermanas Combonianas es incansable y necesaria. Su compromiso con las comunidades más vulnerables es un ejemplo de solidaridad y generosidad. Y su trabajo diario, en hospitales, centros de salud, escuelas o parroquias, está contribuyendo a mejorar las condiciones de vida de miles de personas en todo el mundo.
En definitiva, el papel de la religiosa misionera es fundamental en la lucha contra la pobreza y la exclusión social. Y las hermanas Combonianas son un ejemplo de ello. Su trabajo en distintos países de África, Asia, Europa y América está contribuyendo a crear un mundo más justo y equitativo. Una labor que, sin duda, merece el reconocimiento y el apoyo de todos.

