de Soledad Sáenz y comunidad en Pretoria (Sudáfrica)
En el corazón de Mahube Valley, en la barriada marginal de Mamelodi, al noreste de Pretoria, Sudáfrica, una comunidad de religiosas combonianas se ha convertido en un faro de esperanza y solidaridad. Mamelodi, un asentamiento creado en 1953 durante el apartheid para la población negra, todavía sufre las secuelas del régimen separatista y racial, incluso después de más de dos décadas de liberación.
En esta ciudad dormitorio, donde residen cerca de medio millón de habitantes, muchas familias de clase media trabajan en Pretoria y otras localidades cercanas. Sin embargo, aquellos que están desempleados se ven obligados a probar suerte en la economía informal, mientras que cada día aumenta el número de personas que recogen basura para reciclar. Estas personas se encuentran abandonadas a su suerte, sin ningún tipo de protección.
En este contexto, la comunidad comboniana, conformada por cuatro hermanas de Costa Rica, Italia y México, se esfuerza por concretizar el deseo de su fundador, San Daniel Comboni, de hacer causa común con los más pobres y abandonados. Su diversidad en este entorno ya es un anuncio de solidaridad e inclusión con la misma población.
Entre los desafíos que les preocupan y a los cuales buscan dar respuesta se encuentran la violencia, el desempleo y la inclusión, tanto de migrantes como de personas del interior del país en ese lugar.
El año pasado, las religiosas visitaron uno de los asentamientos informales donde muchas personas viven en chabolas y se dedican a trabajos informales. Durante el encuentro, especialmente las mujeres, expresaron su deseo de aprender diferentes habilidades que les permitieran desarrollarse y sustentar a sí mismas y a sus familias.
Comenzaron con un pequeño grupo de seis personas, incluyendo a no católicas, con la intención de fomentar el encuentro y la inclusión. Se crearon lazos de conocimiento, amistad e incluso se llevó a cabo una oración ecuménica donde todas pudieron expresarse. Sin embargo, en diciembre, la mayoría de las personas regresaron a sus lugares de origen por las vacaciones de Navidad y no regresaron.
En abril de este año, las religiosas iniciaron una nueva actividad dirigida a mujeres vulnerables que buscan aprender habilidades para progresar. Gracias a la generosidad de algunas personas, lograron iniciar un curso de Corte y Confección de seis meses. En este curso participan diez mujeres, incluyendo a dos migrantes, y es impartido por dos maestras voluntarias que se han ofrecido a ayudar a otras mujeres. La presencia de las religiosas es de acompañamiento y aliento, apoyándolas con su oración y visitándolas en sus hogares para conocer sus situaciones.
Además de estas actividades que benefician a la comunidad local, las religiosas colaboran con el ministerio directo de migrantes a nivel diocesano. La hermana Martha Vargas trabaja en la coordinación, acompañamiento y seguimiento de los casos, contando con el apoyo de diversas asociaciones locales en Pretoria y Johannesburgo, como abogados, médicos, congregaciones religiosas y asociaciones civiles, entre otros.
Su presencia en la Pastoral Parroquial y la Coordinación Diocesana de la Catequesis, a cargo de la hermana Cristina Ibarra, anuncia el Reino de Dios y busca la transformación y la sanación del corazón de la sociedad desde el Evangelio.
El objetivo principal de su labor es abrir horizontes de inclusión en la sociedad, donde todas las personas puedan cultivar una cultura de acogida, respeto, desarrollo, justicia y paz.

