de Rosa María del Socorro López Castañeda, mc – Haití
La fe siempre se pone a prueba, como el oro se prueba con fuego (1P 1, 7). Como enfermera en Chad, en África, me sentí frecuentemente impotente ante el sufrimiento y la muerte de niños por desnutrición, malaria y costumbres culturales. Me preguntaba: si hay suficiente comida para la humanidad, ¿por qué mueren niños de hambre cada día? ¿Qué puedo hacer?
Pensé que la soja podría ayudar. Busqué este grano, preparé leche y papillas. En el centro de nutrición, los tratamientos con leche de soja salvaron a muchos niños. Cultivamos soja, dando a las madres para sus hijos y para volver a plantar. Como en la multiplicación de los panes (Mc 6, 41-44), este grano nos ayudó a alimentar niños.
Un versículo me sostuvo: “Busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todo esto les será añadido” (Mt 6, 33). En ciertas situaciones uno se siente desamparado, pero Dios siempre acude en tu ayuda. ¡Ten fe!
El lenguaje y la cultura de los lugares de misión fueron un desafío. Pedí al Espíritu Santo que me iluminara para no faltar al lenguaje del amor, la acogida y la sencillez. Serví en Chad, con los mazatecos en México y en Haití durante 37 años. “Me he hecho débil para ganar a los débiles” (1 Co 9, 20-22).
He trabajado en lo social: cuidados, alfabetización, autoestima y empoderamiento de mujeres mediante proyectos concretos. Hay que motivar a las personas a ser actoras de su desarrollo. Con fe, se puede alimentar y educar.

