Hna. Conchita Saucedo. smc.
Primeros años en una familia numerosa
Mi nombre es María Concepción Saucedo. Nací en Pachuca, Hidalgo, pero crecí en Tulancingo, lugar del mismo estado. Vengo de una familia muy numerosa y bonita. Mi mamá se casó con mi papá, un hombre viudo con dos hijos, pero del matrimonio entre mis padres, nacimos once hijos; de los trece hijos, dos están ya en el cielo.
El descubrimiento de la misión
La escuela donde estudié desde el kínder hasta la preparatoria, era dirigida por una congregación religiosa. Cada año organizaban un campo misión con los estudiantes mayores de 15 años acompañados por un sacerdote, una religiosa, seminaristas y otras personas, y durante las vacaciones, íbamos de misión dos veces al año a la sierra del estado. Yo tuve la oportunidad de participar, primero, tal vez como en plan de aventura, pero poco a poco esa sierra y montañas fueron dejando huella en mi vida y más en mi corazón.
Al fallecer mi papá, mi mamá, alguno de mis hermanos y después yo, empezamos a trabajar para ayudar en los gastos de la familia.
Una llamada inesperada
Sí empecé a trabajar, pero no fue por mucho tiempo pues el Señor vino a mi encuentro. Conocí por casualidad afuera de la oficina donde trabajaba a la hermana Emma Gazzaniga, una gran religiosa italiana misionera Comboniana y mi decisión de ingresar con las misioneras, fue muy rápida, algo así como un “volcán en erupción”. Con esta decisión, sorprendí a toda mi familia, en especial a mi mamá, sin embargo, nunca se opusieron a mi deseo de ser misionera… La separación fue un sacrificio muy grande, pero, ¡!valió la pena!! Dios me ha dado una familia muy creyente, unida y de gran apoyo en todo momento.
Ingresé con la Misioneras Combonianas a la edad de 22 años en Guadalajara, Jal. y el día de mi consagración religiosa en 1976, recibí mi primera destinación a los Estados Unidos para continuar mi preparación. En 1982, finalmente me mandaron a Zambia, lugar donde trabajé 8 años y después de algunos años más, en Etiopía.
Servir y evangelizar en África
Una de las experiencias que más tocó mi corazón, fue el trabajo con los pequeñitos de 3 a 6 años en la región Sidamo, Etiopía. Ahí abrimos una “guardería” para todos los niños sin distinción de lengua o religión con el único propósito de protegerlos, entretenerlos e “introducirlos” a la vida social. Llegaron a ser más de cien niños y niñas aprendiendo también a compartir su espacio y alimento mientras sus papás se iban a trabajar. Cuando nos dimos cuenta, nuestra enseñanza había tocado también a todas sus familias; musulmanas, católicas y otros, rezaban con nosotros el Padre Nuestro al iniciar nuestras actividades del día.
Al despedirnos de esa misión los padres de familia no dejaban de agradecer a Dios el redescubrimiento de sus hijos como el tesoro tan valioso otorgado por Dios.

