Artículo recogido por Delia Margarita Contreras del Toro. Smc.
Me llamo Mary Njuguna y mi trayectoria con las Hermanas Misioneras Combonianas comenzó en mi adolescencia, cuando ingresé en el instituto femenino Bishop Gaitimu Ngandu de Karatina, en el condado de Nyeri (Kenia). En aquella época, las Hermanas Misioneras Combonianas dirigían el centro.
Las hermanas no solo me proporcionaron una sólida formación académica, sino que también me inculcaron valores cristianos, disciplina, esfuerzo y un espíritu de servicio que han marcado mi vida para siempre.
Descubrir el carisma comboniano
Años más tarde, mi vínculo con ellas se fortaleció cuando mi hermana menor, Helen, decidió convertirse en una de ellas. Tras sus primeros votos, fue destinada a su labor misionera en Oriente Medio.
En 2015, durante una reunión de familiares, amigos y benefactores, me invitaron a unirme al grupo de los «Amigos de las Hermanas Misioneras Combonianas». Al participar en estas reuniones, redescubrí la espiritualidad misionera inspirada en San Daniel Comboni.
A través de la cercanía de las hermanas y de los encuentros formativos, experimenté un amor incondicional que reavivó mi fe y mantuvo viva mi esperanza.
La vida nos pone a prueba
Durante ese tiempo, atravesaba una profunda crisis existencial porque, tras 17 años de matrimonio y tres hijos maravillosos, mi marido nos abandonó. Me sentí devastada. Asumir la responsabilidad exclusiva de mis hijos fue doloroso y abrumador.
La soledad y el abandono me llevaron a buscar refugio en el alcohol durante ocho largos años. Aunque mi familia siempre estuvo cerca y me apoyó, me sentía atrapada.
En medio de esa oscuridad, una de las Hermanas Combonianas me animó a buscar ayuda para dejar de beber, pues creía que podía cambiar mi vida y seguir adelante.
Durante la pandemia de COVID-19, aprendí a utilizar herramientas virtuales que me permitieron participar en reuniones con mujeres de todo el mundo que también luchaban contra la adicción. Escuchar sus historias me dio la fuerza necesaria para tomar la decisión radical de dejar de beber alcohol. El 3 de enero de 2021 se convirtió en mi día de sobriedad.
Confiar y esperar
La historia no terminó ahí. Tras un año y medio de sobriedad, las Hermanas Combonianas, con el apoyo de sus benefactores, me ayudaron a obtener una certificación de dos años como terapeuta. En 2023, me gradué como consejera y ahora tengo licencia para ejercer en mi país. Este logro fortaleció mi autoestima y consolidó mi proceso de sanación.
Basándome en mi propia experiencia, acompaño a personas que luchan contra la adicción y comparto mi testimonio en foros y espacios terapéuticos.
La gracia de Dios ha obrado maravillas: mi exmarido regresó y hemos podido reconstruir nuestro matrimonio. Mi sobriedad, mi alegría y mi esperanza renovada son el fruto de un camino sostenido por la fe, la comunidad y el amor y el apoyo incondicionales que encontré en las Hermanas Misioneras Combonianas.
Hoy sigo colaborando como laica comboniana, profundamente agradecida a todas las hermanas que me han acompañado en este camino. Aunque sus nombres no figuran en mis títulos académicos, están grabados en mi corazón. Mi vida es la prueba de que, con ánimo, apoyo, fe y perseverancia, siempre es posible empezar de nuevo. Les expreso mi gratitud y mi cariño por todo lo que han significado en mi vida.

