Por Erika C. Acero Hernández desde México
Este agosto 2024, mi hermana Berenice y yo, Erika, tuvimos la bendición de ir a Zambia (África) de misión.
¿De misión? ¿Qué es eso? Pues, aunque eso es algo que podemos hacer empezando por nuestros propios hogares. El haber tenido la oportunidad de ir a otro lugar a llevar la buena nueva, fue una experiencia realmente enriquecedora.
Dando y recibiendo
Fuimos con la consigna de ayudar lo más que pudiéramos. Así que además de empacar la ropa y los tenis, había que llevar lo más importante: la disposición, el ánimo y la alegría de servir. ¡Ah! Y sin olvidar un paquete de harina para hacer tortillas. ¡Muy importante!
Cuando vas de misiones, sobre todo la primera vez, uno va feliz pensando en todo lo que va a compartir, a enseñar, a ayudar. Pero una vez que estás en la misión, pasa algo curioso: empiezas a darte cuenta de que el aprendizaje que se adquiere es mucho más y que la experiencia de vida te cambia. Hay un antes y un después de la misión.
El broche de oro de cada día
Estuvimos ahí en Mongu y Cande, una pequeña región de Zambia acompañando a las hermanas a visitar enfermos, al grupo de mujeres, etc.
Mi hermana y yo, dimos algunos temas a jóvenes y adultos; les enseñamos por ejemplo a hacer pulseritas de hilo, a coser, tips de mercadotecnia para que vendan mejor lo que producen, y algunas cosas más.
Después de eso salíamos a la casita donde nos quedábamos; el cielo que nos ofrecía Dios era hermoso, lleno de estrellas como no se ve aquí. Así que cada día era terminar con broche de oro.
Tocamos la presencia de Dios en medio de todos
La primera Misa que escuchamos allá fue un impacto en el corazón; los cantos, la celebración y ver ahí a Cristo entre la gente. En medio de tantos problemas y carencias que tienen, es precisamente el amor de Cristo, lo que da un sentido y una luz de esperanza a su vida, y de hecho a la vida de todos.
Cristo actúa en medio de ellos, llevando alegría y paz en el corazón a pesar de los problemas. Pero también por medio de las hermanas Combonianas, los sacerdotes, laicos y quienes, en la bondad del corazón, deciden ayudar de la forma que les sea posible.
Las hermanas, son sus manos, sus ojos y pies, porque están en medio de ellos haciendo lo posible y un poco más. Su esfuerzo no está solo en dar cosas materiales, sino sobre todo en enseñar a las personas qué pueden hacer, cómo pueden salir adelante, cómo aprovechar mejor lo poco que tienen. Ellas ofrecen su tiempo, su escucha, esperanza, consuelo y ánimo.
Muchas personas no tienen idea de la labor caritativa que se realiza. Y nosotras lo pudimos ver y constatar, ellas llevan a Cristo mismo, dan su vida, lo dan todo.
Todos somos misioneros
No todos podemos ir a misiones, pero todos podemos hacer misión justo donde estamos. Llevando a Cristo a otros a través de nuestra propia vida, de vivir los valores cristianos. Y quienes tengan más posibilidades, pues ayudando a los que ya están en aquellos lugares donde hay más necesidad.
Ayudando, ayudas a Cristo mismo. Esa es la invitación de Cristo que nos llama. A nosotros nos toca responder y corresponder al amor que nos ha dado.
Date la oportunidad de amar como Él nos ha amado.

