Isabelle Kahambu, desde Texas (EEUU)
Mi nombre es Isabelle Kahambu Valinande. Soy de la República Democrática del Congo, tengo 12 años de vida consagrada religiosa misionera comboniana. Por ahora estoy en la misión de San Antonio Texas-Estados Unidos trabajando con migrantes. Compartir con los migrantes, lo que soy y lo que puedo ofrecer es toda una bendición.
El reto de la internacionalidad
El reto más grande que he encontrado en mi vida misionera ha sido la inserción en una nueva cultura. Esto ha significado para mí, el morir a lo mío y abrazar lo nuevo y diferente a mis costumbres. En otras palabras, sacrificar lo que yo quiero, lo que amo porque me es conocido, y empezar de cero. He tenido que hacerme “ignorante” para dejarme enseñar y aprender a amar lo desconocido.
Sin lugar a duda esto no es siempre fácil, sin embargo, mi fuerza para seguir adelante ha sido la oración y el aceptar aprender de los demás. Si he abrazado esta vida, no es para mí vanagloria, sino para servir a Cristo a través de los demás.
Como congregación internacional, estamos dispuestas a entrar en la realidad del mundo donde nos encontremos, es decir, conocer su cultura, sus costumbres y tradiciones, incluyendo el idioma del lugar, lo que nos permite insertarnos. Todo esto me hace sentir feliz y realizada, y es un impulso para seguir adelante.
La dura realidad de la migración
Las realidades difíciles que me han inspirado esperanza, son las experiencias compartidas que viven los hermanos migrantes en su travesía para llegar a los Estados Unidos de Norteamérica.
Muchas veces me pregunto, ¿por qué tantas personas deben dejar sus tierras, sus costumbres y arriesgar sus vidas al llegar a un nuevo lugar donde nadie los espera, ni tienen casa ni trabajo?
Muchas personas han sido obligadas a dejar todo en sus países a cambio de una seguridad en otro país buscando un trato digno para vivir en paz y empezar una nueva vida.
Aprendiendo de la resiliencia de los migrantes
Actualmente, trabajo en un centro de acogida de migrantes donde llegan personas de diferentes partes del mundo; el sufrimiento que ellos viven en su travesía, es una realidad que destroza mi corazón. Sólo ellos y Dios saben cómo pueden sobrevivir tales experiencias.
Al conocer sus realidades experimento una gran dificultad e impotencia, al no poder brindarles la ayuda que ellos necesitan. Sin embargo, el tiempo compartido con ellos, la escucha, la acogida, la sonrisa que les brindo, alientan también mi esperanza. Y frente a estas actitudes, ellos también, en confianza, abren sus corazones y comparten sus experiencias a las que les ofrezco mis oraciones.
Algo bello que me inspira esperanza es el contemplar su persistencia, lucha y determinación en alcanzar sus sueños, lograr una vida mejor para sus familias.
Quienes también me han ayudado a mantener mi esperanza activa, son: mi familia, mi congregación y las personas con quienes, y para quienes trabajo hoy, es decir, los migrantes.
He descubierto en mi vida que mientras más se comparte con los demás, más se aprende y se adquieren nuevos conocimientos y existe mayor apertura al mundo.
Mi felicidad está en el compartir con lo demás los dones y talentos que Dios me ha regalado, es decir, mi vida.

