Hna. Lorena Ortiz Arce. Misionera Comboniana en Sudan del Sur
Ten paciencia con todo aquello que no se ha resuelto en tu corazón e intenta amar las preguntas por sí mismas, como si fueran habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua extranjera. No busques ahora las respuestas que no estés preparado para vivir, pues la clave es vivirlo todo. Vive las preguntas ahora. Tal vez las encuentres, gradualmente, sin notarlas, y algún día lejano llegues a las respuestas (Rainer Maria Rilke)
En el año apenas iniciado, bajo la bendición y la gracia de la apertura del año jubilar 2025-2026, nos provoca con su lema “Peregrinos de la esperanza”, acojo la invitación fundamentalmente a profundizar dos realidades cristianas; una, la de ser peregrina y la otra, la de ser portadora de una esperanza como heredera de una antigua bendición.
El peregrino en la Biblia
Como misionera siempre me he identificado con el termino peregrino, es una realidad cargada de significado. A menudo se aplica al caminante, pero en la Biblia se describe la experiencia de algunos personajes. Por ejemplo en el capítulo undécimo de Hebreos: Abel, Enoc, Noé, Abraham, Isaac y Jacob, quienes son descritos como “extranjeros y peregrinos en la tierra”.
“Extranjeros” significa literalmente forasteros, gente de una cultura y un lenguaje diferente. Los “peregrinos” son los que viven en una tierra que no es la suya, lejos de su propia gente.
En la Biblia, el término peregrino implica un viaje –viajar a su patria– describe a los que “buscan una patria propia”. Los peregrinos bíblicos viven en otro país, junto con la comunidad residente, pero no se integran plenamente en él, son residentes transitorios que pronto irán a su patria. Pueden realizar grandes cosas para beneficio del país en el que viven (como hizo José), pero nunca dejarán de ser peregrinos.
Los misioneros como peregrinos
Así lo experimento yo como misionera. Vivo en otro contexto cultural, en el Sudan del Sur donde he llegado hace poco. Estoy apenas conociendo esta nueva cultura, es un modo diferente de interpretar el sentido de la vida.
En este aprendizaje hay muchos silencios, muchas preguntas sin respuesta, mucho el deseo de conocer y de entender, pero el peregrino reconoce que hay un velo entre esa nueva realidad y lo que se lleva en el corazón. Sabe que este no es un lugar de pertenencia, porque su verdadera patria no está en esta tierra.
Cada corazón es un peregrino que pasa por esta tierra buscando las huellas del Eterno, el sentido de su propia existencia y el camino de regreso a casa, pero en ese intermedio suceden encuentros y estos hacen posible la misión.
Portadoras de esperanza para los pueblos
Ser portadora de esperanza, descubrir la esperanza dentro de la propia vida en este ser peregrina en tierra extranjera, significa recoger todo lo que se presenta en el camino. Y de modo particular todo aquello que está incompleto, aquello que no conseguimos aferrar del todo, las preguntas que surgen en el encuentro con los pueblos, los silencios, el sufrimiento, las lágrimas, el hambre, la orfandad, el abandono, la enfermedad, la muerte, la sed y la búsqueda infinita, y a menudo inconsciente de sentido en la vida de las personas.
En estas realidades incompletas, no resueltas, expectativas, búsqueda, deseos, sueños, preguntas, etc., esta vida se revela permeada de la presencia del Eterno que nos habita dentro.
La esperanza alimenta la fe de que Dios está profundamente involucrado en todo lo que ha hecho y que Su presencia llena toda la tierra.

